Posted by on dic 13, 2012 in all posts, Mexico, Universidad de la Tierra | 0 comments

Esténcil retratando la modificación genética del maíz, centro de Oaxaca. Foto tomada por Udi.

Esténcil retratando la modificación genética del maíz, centro de Oaxaca. Foto tomada por Udi.

Ya desde el primer día en que comenzamos a caminar alrededor de la ciudad, notamos que existía algo distintivamente rebelde e innovador en la cultura política del estado y ciudad de Oaxaca. Parecía haber una cierta energía presente, en el aire, en los posters políticos y en las pintadas en las paredes. Pero también, desde la supresión de la rebelión en 2007 (sobre la que Kelly escribió un poco en el post previo) el estado Mexicano ha establecido una constante y amenazante presencia policial: se pueden ver todos los días en las calles de la ciudad policías militares patrullando, con sus oficiales siempre vestidos de uniforme negro, chalecos antibalas y a veces usando máscaras de ski negras (pasamontañas), circulando alrededor de la ciudad en camionetas pick-up con ametralladoras listas.

Oaxaca Rebelde, camisetas, foto tomada por Udi.

Oaxaca Rebelde, camisetas, foto tomada por Udi.

La ciudad alberga una diversidad de experimentos en términos de vivienda, organización y creación, que se están llevando a cabo desde hace al menos 10 años. La identidad y las formas de organizarse, de aprender y de relacionarse con el otro y con la naturaleza indígenas son muy importantes en estos experimentos oaxaqueños para vivir y resistir. Las formas indígenas de conocer y conceptos y prácticas claves, tales como “comunalidad” e “interculturalidad” (sobre los cuales escribimos en otras publicaciones) se han vuelto muy importantes en esta cambiante cultura política, lentamente llegando a las escuelas y a las universidades de la región, empujadas por activistas indígenas e intelectuales.

Durante nuestro tiempo en Oaxaca nos encontramos con diferentes tipos de experimentos y experiencias sociales, políticas, artísticas y ecológicas, llevándose a cabo en diferentes lugares de la ciudad. Tuvimos la suerte de conocer y pasar un tiempo en uno de estos experimentos, que es tanto social como ecológico, artístico y político; que es creativo y crítico. Este “experimento” es la Universidad de la Tierra, o Unitierra, como es llamada generalmente.  Unitierra ha sido, desde sus comienzos en los 90, un referente importante en este proceso de fermentación de nuevas formas de vivir que se ha dado en y alrededor de la ciudad. En nuestros próximos posts escribiremos sobre las experiencias, encuentros y aprendizajes en Unitierra.

Lo que quiero describir aquí (en esta publicación) es el sentido más expresivo que tuvimos de esta cultura de la rebelión, tanto aquí en Oaxaca como en Chiapas, donde también pasamos un tiempo.

Mural de Zapata, Oaxaca,  foto tomada por Udi.

Mural de Zapata, Oaxaca, foto tomada por Udi.

Las paredes de Oaxaca están cubiertas de murales, grafitis, esténcils y pósters políticos. La ciudad también alberga muchos colectivos de artistas y espacios creativos que producen esta colección rica de imágenes. Kelly y yo sentimos como estas imágenes hablan sobre preocupaciones presentes, ideas claves y esperanzas de esta ambiente político: la apropiación de tierras y recursos por parte de corporaciones y la imposición del maíz genéticamente modificado; la continua opresión y violación de derechos por parte del Estado; la indigeneidad; las comunidades intentando vivir de una forma diferente, en equilibrio entre ellas y con la naturaleza.

Gemelas, grafiti, Oaxaca, Foto tomada por Udi.

Gemelas, grafiti, Oaxaca, Foto tomada por Udi.

Una mañana temprano caminamos alrededor del área céntrica y encontramos lo que se

oaxaca - gm corn wall stencilconvirtió en nuestro esténcil favorito, pintado sobre la pared de una pequeña calle, al

lado de un espacio de arte colectivo, a unos pocos minutos de la estación de autobús.

La simple pero a la vez elegante imagen muestra una mujer apuntando con un arma a un grupo de figuras vestidas con trajes de radiación o contaminación, que parecen estar plantando una nueva especie o robando el maíz que la mujer había plantado. Ella está usando un clásico pañuelo indígena en su cabeza, mientras que las otras figuras representan fuerzas externas aliadas a las corporaciones que están presionando al Estado y a los granjeros locales a adoptar maíz genéticamente modificado (hay una publicación del blog que trata específicamente este tema). Por lo tanto, esta imagen, aunque simple, muestra un problema que alcanza a muchos campesinos y comunidades indígenas en diferentes partes del país, y muestra un concepto de resistencia en la cual las relaciones normales de poder se encuentran invertidas.

Póster para un evento de un artista de grafitis, Oaxaca. Foto tomada por Udi

Póster para un evento de un artista de grafitis, Oaxaca. Foto tomada por Udi

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este arte de los murales políticos comenzó a realizarse casi 100 años atrás en México. Data del período posterior a la revolución Mexicana de 1910 que derrocó al dictador Porfirio Díaz y fue creado e impulsado por campesinos, indígenas y personas que habían perdido sus tierras en manos del Estado. El antropólogo mexicano Guillermo Bonfi Batalla, quien acuñó el término “México profundo” para referirse a la cultura Meso-americana que continúa influenciando la cultura nacional mexicana, ha sido una figura muy influyente en los debates relacionados a las condiciones pasadas y presentes de las poblaciones indígenas que viven en México.

Siqueiros, 1958, Museo de Arte Moderno, Ciudad de México, foto tomada por Udi

Siqueiros, 1958, Museo de Arte Moderno, Ciudad de México, foto tomada por Udi

La noción de “México profundo” contrasta fuertemente con lo que Batalla llama “México imaginario”, o el México que ha tratado de imaginar su camino hacia una existencia dominante y ha fallado, a causa de la continua fuerza de las millones de personas que conforman el México Profundo.

Su nombre ha sido también recurrentemente mencionado en las conversaciones que tuvimos con varias personas en México. Batalla escribió lo siguiente sobre la prevalencia de dichos murales en el período post-revolucionario:

 “Cientos de metros cuadrados de murales adornan todo tipo de edificios públicos en las ciudades de la república. Hay murales en los edificios de gobierno y en las oficinas públicas, en mercados y hospitales, en escuelas y bibliotecas, en fábricas y en lugares de trabajo. En estos murales, la imagen del indio es prácticamente indispensable. Raramente falta alguna alegoría al mundo pre-colonial, que frecuentemente sienta las bases o preside sobre las escenas del mundo de hoy o de mañana.”  (traducción directa, no oficial del libro México profundo en inglés)

 Mural-Diego-Rivera- foto de Mirairi Erdoza - de: http://fr.fotopedia.com/items/anboto-2umoIxo9DBo

Mural-Diego-Rivera- foto de Mirairi Erdoza – de: http://fr.fotopedia.com/items/anboto-2umoIxo9DBo

En la primera mitad del siglo XX, la generación más internacionalmente famosa de artistas mexicanos (Frida Kahlo, Diego Rivera, Gabriel Orozco y Siqueiros) estaban también profundamente inmersos en la política de aquellos tiempos y en el período post-revolucionario centrado en la construcción de una identidad nacional. Los últimos tres estaban incluso involucrados en proyectos de murales a gran escala financiados por el Estado mexicano como parte de sus aspiraciones nacionalistas. Como afirma Batalla, esta búsqueda de identidad generalmente volvía hacia las raíces indígenas, utilizando aspectos de éstas que podían ser fácilmente apreciados:

 “la bucólica vida del campesino, artesanías populares y folklore. En la música, la danza, la literatura, y las artes plásticas, la temática del indio proveía los elementos básicos para dar forma a una vasta corriente nacionalista bajo el patronazgo del gobierno.” (Traducción directa, no oficial del libro México profundo en inglés)

 

Para Batalla, los museos también jugaban un rol clave en este proceso de exaltación de las raíces indígenas mexicanas, algo que se puede ver claramente en una de las atracciones más famosas de México: el Museo Nacional de Antropología en el Parque Chapultpec, en una zona adinerada de la ciudad. Pasamos muchas horas en el museo pero tan sólo logramos ver una pequeña fracción de él, abrumados por la enorme cantidad, diversidad y calidad de los objetos expuestos.

 Museo Nacional de Antropologia, Ciudad de México, foto tomada por Udi

Museo Nacional de Antropologia, Ciudad de México, foto tomada por Udi

El museo está dividido en las diferentes regiones geográficas mexicanas, cada una con sus grupos étnicos. Cada sección tiene dos pisos: el piso de abajo siempre expone los tesoros de “las civilizaciones pasadas”, mientras que el de arriba muestra la vida actual de estos grupos étnicos. Justo fuimos un domingo, día en que los museos son gratuitos para los mexicanos, por lo tanto, la gran cantidad de personas, en particular padres con sus hijos, hacía al lugar aún más abrumador. Muchos de los niños parecían estar haciendo algún tipo de tarea, yendo y viniendo de una habitación a otra, escribiendo en anotadores. Por el contrario, los cuartos del piso de arriba, los que muestran la vida cotidiana de los grupos étnicos hoy en día, estaban silenciosos y las exposiciones eran todo menos vivas o animadas. Este contraste entre el pasado exaltado como parte de la formación de la historia mexicana nacional y la falta de atención a las condiciones presentes de los pueblos indígenas es uno de los temas principales en el trabajo de Batalla:

 

“La presencia indígena, como se muestra en los murales, museos, esculturas y sitios arqueológicos, todos ellos abiertos al público, es tratada básicamente como un mundo muerto. Es un mundo único, extraordinario en muchos de sus logros, pero sigue siendo un mundo muerto. El discurso oficial, traducido en el lenguaje de las artes plásticas o de la museografía, exalta a ese mundo muerto como la semilla que dio origen al México de hoy. Es el pasado glorioso del que debemos sentirnos orgullosos, que nos asegura un gran destino histórico como nación, a pesar de que la lógica de esa afirmación no esté del todo clara. El indio vivo y todo lo que sea indio, es relegado al segundo piso, cuando no es ignorado o negado. Al igual que en el Museo Nacional de Antropología, el indio contemporáneo ocupa un espacio segregado, desconectado del pasado glorioso, así como del presente, que no le pertenece: un espacio prescindible. A través de una hábil alquimia ideológica, ese pasado se convirtió en nuestro pasado, una simple referencia a lo que existía como una especie de premonición de lo que México es hoy y lo será en el futuro. No tiene ninguna conexión real con nuestra realidad actual y nuestro futuro colectivo.” (Traducción directa, no oficial del libro México profundo en inglés)

 

Los objetos artísticos y las expresiones visuales que hemos visto en México en el inagotable Museo de Antropología, en los templos, el trabajo de los artistas del siglo XX como Kahlo, Rivero y Sequeiros, los murales y el arte callejero en Oaxaca y Chiapas, me hicieron reflexionar más sobre estas conexiones entre el arte, la política, y las construcciones de identidades. Nuestra breve pero profunda inmersión en el arte de la costa noroeste de Canadá nos enseñó mucho sobre los lenguajes y la gramática que hablan a través de las formas, la profunda relación con el lugar, las historias talladas convertidas en seres vivos sagrados para estas comunidades y la importancia en su rol para preservar prácticas culturales e identidades (ver la publicación sobre el Freda Diesing School).  ¿Cómo se relaciona lo que experimentamos sobre el arte mexicano con lo que experimentamos en Canadá? ¿Cuál es el lugar del que emerge este arte? ¿De qué lenguajes, formas e historias proviene? ¿Cómo preserva las prácticas culturales e imagina nuevos futuros e identidades?

Pintura votiva de la colección Frida Kalho, casa de Frida Kahlo, Ciudad de México, Foto tomada por Udi

Pintura votiva de la colección Frida Kalho, casa de Frida Kahlo, Ciudad de México, Foto tomada por Udi

Kahlo, Rivera, Siqueiros y muchos otros artistas de su generación estaban involucrados en el período de la post-revolución mexicana, de la elaboración de una nueva identidad nacional, como explicó Batalla. Como artistas estaban creando un nuevo imaginario para el país recurriendo a diversas tradiciones pictóricas locales y de vanguardia, como el surrealismo y la pintura votiva en el caso de Kahlo, o la pintura mural y el realismo social de Rivera. Estos fueron los artistas que también estaban profundamente involucrados en las luchas políticas e ideológicas de su época. Tanto Kahlo como Rivera estaban preocupados por las cuestiones de identidad nacional pero eran a la vez comunistas comprometidos.

Foto tomada por Udi del espacio (y la pared) entre el Templo Mayor y la Catedral, Ciudad de México

Foto tomada por Udi del espacio (y la pared) entre el Templo Mayor y la Catedral, Ciudad de México

Con estos pensamientos en mente, las imágenes que vimos en las paredes de Oaxaca y en los colectivos de arte de la ciudad comenzaron a tener más sentido. Estas imágenes también estaban conectadas al lugar, a historias y a prácticas culturales: la cultura de protesta, una iconografía de la rebelión y la lucha contra el Estado, el apoyo a la cultura indígena. Estos fueron intentos de elaboración de un nuevo imaginario de la solidaridad y de la lucha contra las diversas formas de opresión utilizando el lenguaje de los esténcils, los grafitis, los carteles políticos, etc. El maravilloso libro Teaching Rebellion (Enseñando la Rebelión), que es una recopilación de testimonios personales de aquellos presentes en la rebelión de los maestros en Oaxaca, dice también algo sobre esta expresión visual de la cultura política. En la introducción del editor describe cómo los artistas de grafitis jugaron un papel crucial desafiando los medios de comunicación dominados por el gobierno, apropiándose de otros espacios de comunicación: las paredes de la ciudad:

“Estos artistas utilizaron su creatividad e imaginación para representar visualmente los marginados, explotados y oprimidos, así como para promover una cultura anti-capitalista  en Oaxaca. El movimiento demostró su capacidad no sólo para organizar actos políticos, sino para crear manifestaciones artísticas y culturales, para recuperar una historia de Oaxaca que no estuviera  mediada por el brillo del turismo.” (Traducción directa, no oficial)

Esténcil: multinacionales, Oaxaca, foto tomada por Udi

Esténcil: multinacionales, Oaxaca, foto tomada por Udi

“El gran triunfo”, grafii, Oaxaca – foto tomada por Udi

En algunas de estas obras, el indio, que como nos cuenta Batalla había servido únicamente para representar un fósil de la gloria pasada y, como tal, un ingrediente inocuo contribuyendo a la identidad nacional, aparece como sujeto vivo, como alguien contestando o resistiendo la situación actual. Tal es la fuerza de la resistencia de la mujer indígena del México profundo que apunta con un arma a quienes quieren imponer el maíz genéticamente modificado, quienes quieren imponer una cosmovisión ajena.

Mujer indígena con escopeta, esténcil, Oaxaca, foto tomada por Udi

Mujer indígena con escopeta, esténcil, Oaxaca, foto tomada por Udi

Estos artistas callejeros mostraban también algo que luego llegamos a conocer más profundamente durante nuestra estadía en Oaxaca: la importancia de la autonomía frente a diversas instituciones estatales o empresariales de las que nos hemos hecho dependientes  entregándoles la organización, producción y control de nuestra educación, salud, alimentación,  comunicación e incluso saneamiento (más sobre esto en breve). En este caso, las paredes de la ciudad son un medio de recuperar los espacios para la comunicación y la expresión visual.

Colectivo de grabadores, Oaxaca, foto tomada por  Udi

Colectivo de grabadores, Oaxaca, foto tomada por Udi

Póster de la solidaridad zapatista en el estudio de un artista de grafitis, Oaxaca - foto tomada por Udi

Póster de la solidaridad zapatista en el estudio de un artista de grafitis, Oaxaca – foto tomada por Udi

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