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VIVA MÉXICO! VIVA OAXACA! RETAZOS DE SU GEOGRAFÍA, HISTORIA Y POLÍTICA

VIVA MÉXICO! VIVA OAXACA! RETAZOS DE SU GEOGRAFÍA, HISTORIA Y POLÍTICA

Posted by on dic 12, 2012 in all posts, Mexico, Universidad de la Tierra | 2 comments

Mapa del México Profundo. Foto tomada por Udi en el Museo Nacional de Antropología en Ciudad de México

Llegamos a una de las estaciones de autobús en la mega-Ciudad de México para comprar un pasaje a Oaxaca. Es el medio día y hemos decidido tomar un autobús que tarda 6 horas hasta Oaxaca para poder apreciar los diferentes paisajes. El sistema de autobuses aquí es impresionante.

Nuestro autobús a Oaxaca en la estación de buses de Ciudad de México. Foto tomada por Kelly

Las estaciones de autobús están muy limpias y es realmente placentero sentarse en sus salas de espera. Subimos al bus a la 1pm; por suerte nuestros asientos  son cómodos y espaciosos. Nos relajamos, esperando a que arranque, entusiasmados con el largo viaje que nos espera y la inminente llegada a la ciudad de Oaxaca.

Antes de tomar el autobús, ya habíamos pasado 5 días en México. Durante el primer par de días exploramos diferentes museos en la Ciudad de México: el Museo Frida Kahlo, el Museo Trotsky, el Museo de Antropología (ver la publicación de Udi “Política y Arte”). También pasamos tiempo con Carlos Flores y Rachel Sieder, la encantadora pareja con la que nos quedamos en un área fabulosa de la ciudad: Coyocán. Udi conoce a Carlos desde hace una década, desde el Goldsmith College, donde Udi estaba estudiando y Carlos enseñando. Carlos es un antropólogo visual y un documentalista de Guatemala que se ha focalizado en una amplia gama de cuestiones relacionadas a Guatemala pero también a otros lugares. Rachel es una especialista en Estudios Latinoamericanos y se ha centrado sus estudios cuestiones legales y de Derechos Humanos. Actualmente, Carlos y Rachel están trabajando en los sistemas judiciales indígenas en las Tierras Altas de Guatemala (la región más afectada por la guerra en los 80). Han escrito libros y realizado películas sobre cómo cuestiones particulares son resueltas en esta región Maya, y sobre cómo esto se relaciona con el Estado de Guatemala. Rachel también trabaja con temas de violencia doméstica; al ser mujer tiene más acceso a las mujeres de estas comunidades. Este enero pasarán de nuevo algún tiempo en las Tierras Altas para mostrar su película y recibir los comentarios de las personas de estas comunidades. Tanto Udi como yo pasamos un tiempo magnífico con ellos, conociendo una parte de la Ciudad de México, y aprendiendo mucho sobre las versiones indígenas de la historia de México y Guatemala.

Lleva casi una hora dejar atrás los límites de la Ciudad de México. Aunque es una de las ciudades más grandes del mundo, se siente más pequeña que lo que en realidad es. Al igual que Londres, la ciudad está conformada por otras ciudades más chicas. Hoy en día, la ciudad estrictamente cuenta con una población de 8 millones, aunque en el área metropolitana que la circunda viven entre 22 y 30 millones de personas. Esto la convierte en la más grande del mundo, título que conserva desde antes de los tiempos de los Conquistadores.

Dibujo Azteca de la capital de Tenochtitlan, como fue construida a orillas del Lago Texcoco. Foto tomada por Udi en el Museo Nacional de Antropología.

La ciudad de México se encuentra ubicada en un valle que fue alguna vez el masivo Lago Texcoco, al lado del cual la capital Azteca de Tenochtitlan había sido fundada en 1325. En ella vivían entre 200.000 y 350.000 personas, convirtiéndola en la ciudad más grande de toda América en aquellos tiempos. La distribución de Tenochtitlan y su belleza maravillaron a los españoles cuando llegaron a esta zona por primera vez. Sin embargo, luego de que la ciudad fuera conquistada en 1521, los españoles drenaron el agua del Lago Texoco y comenzaron a construir lo que es hoy en día la Ciudad de México.

Hace unos días habíamos ido a visitar las ruinas del Templo Mayor en el Zocalo, la plaza principal de la ciudad. Éste era el templo más importante para los Aztecas. De acuerdo a su religión, el dios Huitzilopochtli se apareció en este mismo lugar en la forma  de un águila sobre un cactus con una serpiente en la boca. Hoy en día podemos ver este símbolo en la bandera mexicana.

Foto tomada por Udi en el Templo Mayor. La serpiente sagrada adorna el frente de las escaleras principales.

Las excavaciones en el área del Templo Mayor comenzaron a fines del 1700 y continúan aún hoy en día. Todavía una gran porción del templo debe ser excavada. En realidad, las excavaciones habían sido interrumpidas al menos por un siglo hasta que en 1978 obreros excavando para la construcción del Metro accidentalmente descubrieron el monolito de Coyolxauhqui, la diosa Azteca de la luna. A partir de entonces se retomaron las excavaciones. El área entera es un cementerio de personas y objetos y en consecuencia, tiene una gran importancia cultural y espiritual.

La diosa de la Luna. Foto tomada por Udi en el Museo del Templo Mayor, dentro del predio del Templo.

El Templo Mayor, o la parte que se puede visitar del mismo, se encuentra ubicado al lado de una enorme iglesia española (a tan solo 200 metros), declarando, de una forma un tanto agresiva, su importancia espiritual por sobre el templo Azteca.

Foto tomada por Udi del predio del Templo Mayor.

Foto tomada por udi del predio del Templo Mayor. Es posible ver la Catedral de la Ciudad de México detrás.

En esta parte del predio había cientos de turistas y locales observando e interactuando con 3 grupos de bailarines y curanderos Aztecas. También había policías muy armados, y abundantes vendedores de comida, ropa y souvenirs. Un colorido mural con simbolismos Aztecas decoraba la larga pared entre el Templo Mayor y la Catedral de la Ciudad.

Foto tomada por Udi del espacio (y la pared) entre el Templo Mayor y la Catedral

Los bailarines Aztecas usaban diferentes ornamentos de plumas en sus cabezas, y tobilleras hechas de caracoles que sonaban suavemente, hipnotizándonos, cada vez que se movían. Había largas filas de personas esperando ser purificadas por los curanderos que utilizaban humo y ramas, murmuraban canciones y cubrían cada cuerpo con humo y un suave toque de las ramas.

Foto tomada por Udi de los bailarines Aztecas frente Ciudad de México

Foto tomada por Kelly (¡de uno de los videos que filmamos!) de los bailarines Aztecas, entre el Templo Mayor y la Catedral.

Foto tomada por Udi de los curanderos Aztecas en frente del Templo Mayor.

Al ver todo esto, recuerdos de cuando aprendía sobre los Aztecas en la escuela primaria vinieron a mi mente inevitablemente. La práctica de los sacrificios humanos era lo que recordaba más, horrible y grotesca, en especial para una niña. Los debates acerca de la frecuencia con la que se hacían los sacrificios, su sentido, su justificación, son continúan hoy en día. Brevemente podría decirse que se realizaban para agradar al Dios del Sol, que, de acuerdo a la cosmovisión Azteca (la mirada y la forma de ser en el universo), era quien permitía que la vida continuara en la Tierra. Estos murales debajo fueron pintados por Diego Rivera representando la opresión de cada gran religión en la historia mexicana. Pueden apreciarse en el Museo de Arte moderno de la Ciudad de México.

En el predio del Templo Mayor es posible apreciar la yuxtaposición de períodos de tiempo, historias, narrativas, prácticas religiosas y espirituales. Similar a la compleja y violenta historia mexicana, la historia de la destrucción del Imperio Azteca es igualmente compleja y violenta, con una gran variedad de historias y puntos de vista. La diferencia entre el relato español y el relato Azteca de la masacre que tuvo lugar en este sitio en particular en 1520 es un ejemplo claro. Si bien la versión española no niega el asesinato de muchos Aztecas, lo presenta como una consecuencia lógica de ese momento histórico. En cambio, el relato Azteca es mucho más descriptivo y gráfico el contar la extrema violencia que su pueblo sufrió en manos de los españoles. El hecho de que la iglesia católica fuera construida directamente sobre las ruinas del templo Mayor es un símbolo típico de la conquista cristiana. La misma práctica puede encontrarse en diferentes lugares del Reino Unido, en los que muchas iglesias eran construidas sobre antiguos lugares de adoración pagana.

El aire en la Ciudad de México está lleno de smog. Con tantas personas utilizando algún tipo de transporte con motor y la gran cantidad de fábricas que se han instalado en diferentes lugares de la ciudad, no es sorprendente que el smog quede atrapado en el valle de la ciudad. Luego de estar en el ómnibus por aproximadamente una hora, comenzamos a notar que el cielo se vuelve más azul, las nubes más blancas y notamos en particular una montaña con su pico cubierto de nieve y del que sale un humo gris. Esta montaña se llama Popcatepeti, o, cariñosamente, Popo. Es la segunda montaña más alta en México: mide 5426 metros. Los terremotos son muy comunes en México y en particular en algunas regiones de la ciudad, en Cuernavaca y en Oaxaca. Ya hemos sentido algunos, llegando el más fuerte a medir 5.0 en la escala de richter. Algunas personas nos han dicho que si no hay un terremoto al menos una vez en la semana quiere decir que uno mucho más grande se aproxima. Ha comenzado la película en las 6 pequeñas televisiones del autobús. Es X-men: Primera Generación 2, doblada al español.

A través de las ventanillas del autobús veo campos y más campos de heno, con esas pilas cónicas tan características. Hay algunos campos de maíz aquí y allá, pero muchos menos que los que esperábamos. Udi se queda dormido mientras yo leo un poco.

Luego de dos horas y media el camino se vuelve más tortuoso y aparecen subidas empinadas y cañones, cubiertos por  cactus de dos metros de altura. Conforman una especie de bosque, un bosque completamente diferente de todos los bosques que alguna vez vi. Tratamos de capturar este extraño bosque en nuestra filmación, pero es difícil con todas las vueltas que tiene el camino.

Foto tomada por Udi de los cactus que observábamos desde la ventanilla del autobús, entre la Ciudad de México y Oaxaca.

Foto tomada por Udi de los cactus y montañas entre la Ciudad de México y Oaxaca

Las pantallas del autobús se encienden de nuevo mostrándonos a Britney Spears subirse a un escenario con miles de fans gritando. El video de Britney continúa por al menos una hora y mientras el sol comienza a ponerse y el camino se vuelve aún más tortuoso entre las sierras repletas de cactus, me resulta cada vez más difícil no mirarla. Decir que la escena es surreal sería tan sólo un eufemismo. Udi y yo comenzamos a charlar sobre lo que sabemos de Oaxaca, sobre su geografía y su política, temas que contrastan tanto con el video de Britney, que cada vez menea más, suda más y se quita más ropa, al ritmo de la música.

Oaxaca es el tercer estado mexicano (después de Chiapas y Veracruz) con mayor biodiversidad. Y esta diversidad no se encuentra solamente presente en sus plantas y animales, sino que también es el estado mexicano con mayor diversidad cultural. Viven allí 16 comunidades indígenas oficialmente reconocidas y en la zona se hablan 17 idiomas y 37 dialectos diferentes. Estos diferentes grupos indígenas han logrado sobrevivir e incluso crecer en un ambiente plagado de constantes olas de opresión y colonialismo a través de constantes luchas (muchas de las cuales serán desarrolladas en las publicaciones siguientes). Se estima que durante los primeros 100 años de colonización española, casi el 90% de los indígenas que vivían en lo que hoy en día son tierras mexicanas, fueron asesinados o murieron a causa de enfermedades.  Se dice que para el momento de la independencia Mexicana, dos tercios de la población eran indígenas. Hoy en día son solo el 10% de la población (aunque esto es relativo ya que muchas personas no se identifican como indígenas para evitar la discriminación que usualmente acarrea el término) y hablan al menos 55 idiomas diferentes. El hecho de que en el estado de Oaxaca se hablen tantos de estos idiomas puede ser atribuido a su difícil geografía que lo aisló e impidió que los españoles lo conquistaran completamente.

Foto tomada por Udi de un mapa que muestra los distintos grupos étnicos y lingüísticos de Oaxaca, Museo Nacional de Antropología.

Actualmente Oaxaca es el Segundo estado más pobre de todo México, con más de la mitad de su población viviendo en la pobreza extrema, ganando menos que el salario mínimo mexicano que es de U$4.50 por día. La mayoría de estos pobres son indígenas. Además del legado opresivo dejado por el colonialismo, a partir del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, o más conocido como NAFTA por su sigla en inglés), las grandes corporaciones se han apropiado de las tierras ricas en recursos naturales y las han explotado para su propio beneficio, dejando de lado a los indígenas que vivían allí. Algo de lo que no me había percatado nunca es que la mayoría de los mexicanos que emigran a Estados Unidos son indígenas de Oaxaca que han perdido sus tierras en manos de corporaciones y que  buscan algún tipo de fuente estable de trabajo y libertad de la opresión que sufren a diario. Sin embargo, una vez que llegan a Estados Unidos, estos migrantes se encuentran con un tipo diferente de opresión: su estatus de extranjeros ilegales, tema que está siendo ampliamente discutido en las arenas civiles y políticas de E.E.U.U.

En realidad, mi primer acercamiento a la historia de Oaxaca sucedió en 2009, cuando en la Solidarity Economic Conference (Conferencia de Economía Solidaria) de Hampshire, Massachusetts, me encontré con un libro llamado Teaching Rebellion:  Stories from the Grassroots Mobilization in Oaxaca (Enseñando la revolución: historias de las movilizaciones en Oaxaca), escrito en 2007, justo después de los levantamientos. A través del libro se pueden apreciar las diferentes voces que participaron del levantamiento: maestros, músicos, alumnos, ancianos, líderes religiosos, activistas de comunidades indígenas, periodistas de radio, líderes sindicales, etc. Esta diversidad de voces es una excelente introducción para comenzar a comprender la profundamente compleja historia política del estado de Oaxaca.

Foto de la tapa del libro ‘Teaching Rebellion: Stories from the Grassroots Mobilization in Oaxaca’ (Enseniando la Revolución: Historias de las Mobilizaciones de base en Oaxaca)(2007) de Diana Durham y C. A. S. A. Collective

El levantamiento comenzó en mayo de 2006 cuando alrededor de 20.000 docentes decidieron llevar a cabo una huelga (por el vigésimo quinto año consecutivo), ocupando Zocalo (el centro de la ciudad), pidiendo un aumento de sus sueldos, recursos para realizar reparaciones de infraestructura, y libros escolares y servicio social gratuitos. El 14 de junio, 3 semanas después, 3000 policías fueron enviados para disolver la ocupación utilizando gases lacrimógenos, garrotes, armas de fuego y helicópteros. La violencia era una respuesta común del gobierno, con el propósito de silenciar los movimientos sociales. Sin embargo, esta vez el pueblo se resistió. Se formó la Asamblea Popular del Pueblo de Oaxaca (APPO) que exigía la renuncia de gobernador Ulises Ruiz, quien se creía que había llegado a su puesto de forma ilegal. APPO organizó marchas de más de 800.000 personas en Oaxaca y más de 50 manzanas fueron ocupadas. Comenzaron entonces olas de violencia, en las cuales 20 personas fueron asesinadas y cientos torturadas, encarceladas y declaradas desaparecidas. Los oaxaqueños ocuparon pacíficamente algunos edificios de la ciudad y establecieron barricadas, llevaron a cabo pintadas (ver el post de Udi sobre Arte y política para más información al respecto) y muchos docentes llevaron a cabo huelgas de hambre. El levantamiento culminó con un encuentro particularmente violento entre el APPO y los ocupantes oaxaqueños y la policía a fines de noviembre de 2006, 6 meses después de la huelga de docentes original.

Foto en http://www.indybay.org/newsitems/2006/11/19/18331008.php de Barucha Calamity Peller, tomada el 19 de noviembre de 2006

El autobús finalmente atraviesa los límites de la ciudad de Oaxaca. Tanto Udi como yo sentimos una excitación anticipada por todo lo que estamos por aprender en las próximas semanas.

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Learning from Museums

Learning from Museums

Posted by on dic 2, 2012 in all posts, Canada, Vancouver | 0 comments

‘First Nations of British Columbia’ map from Museum of Anthropology, photo by Kelly

We were nearly an hour late for our appointment with Bill McLennan, head of Northwest coast art at the Museum of Anthropology in Vancouver, yet he still gave us a warm welcome, and a generous and intimate tour of the museum. Bill has for many years been researching the art of this region and getting to know the communities who make it. When we were at the Freda Diesing School, multiple copies of Bill’s book The Transforming Image: Painted Arts of Northwest Coast First Nations could be seen across the desks and were constantly used by students. This book was affectionately, and mischievously, called ‘the bible’ of the course by Dempsey. The black and white photographs of the bentwood boxes whose designs the students meticulously copied in their drawing exercises also came from Bill and his work. Bill stumbled upon this technique of photographing these old pieces with infrared film so as to bring out more the faded designs. Bill also sits on the advisory board of the School and is a regular lecturer there.

Museum of Anthropology, main hall, photo by Kelly

The Museum of Anthropology sits at the far end of the leafy campus of the University of British Columbia in Vancouver. The modern concrete building perched on a hill overlooks the Bay that edges the city. Through the museum window we see the cold waters of the Bay glistening in the light of the setting sun – the contours of hills and small islands engulfed by evergreen trees that thrive down to the water’s edge. This was like no other anthropology museum I ever saw. You walk through the entrance into a large hall with a number of different totem poles from this region, both old and some contemporary. Bill guided us through the museum which was about to shut, taking us through the main hall, the contemporary exhibits, the new wing which displays the art of this region in an innovative way and other various rooms.

Restoration and infrared photography, photo by Kelly

In the new wing, in a section entitled ‘multiverse’, objects are displayed in glass cabinets as well as drawing on an interactive online set of catalogues. The notion of ‘multiverse’ As the panel introducing this wing explains provides an explicit valuing of different worldviews, cultural practices and ways of knowing without valuing one over another. The panel also explains the role that First Nations groups have had in helping to curate and tell the stories of the objects displayed. We were thrilled to see this perspective of a ‘multiversity’ so explicitly stated and practiced in the museum. This resonates with the idea of the ‘multiversity’ found in higher education which similarly acknowledges that there are diverse knowledges, ways of learning, teaching, engaging, relating and living. The Multiversity movement internationally rejects that there is and can be a single definition of a ‘Uni’ -versity that, in the movement’s perspective has been colonised by ‘Western’ notions of Higher Education. The multiple ways of valuing in the ‘multi-verse’ section of the museum reflects how Bill and the museum have put into practice this pluralistic valuing of cultural objects as objects to learn from in museums and as artefacts part of living cultures.

Museum practice has come a long way from earlier museum attitudes whereby indigenous artefacts were often seen as ‘deadened’ fossilised cultures, as remnants from a previous age. As Bill explained, here the attitude of the museum is instead one in which it sees its role as that of a caretaker of objects that are part of living cultures. The Anthropology Museum has long running relationships with many of the communities from across Canada where these objects come from. There is an acknowledgement that although they are stored and displayed here for the general public, many of these objects still belong to these communities and that they are entitled to use them when required, such as for certain ceremonies.

Bill Reed Rotunda, photo by Kely

I ask Bill how the curators at the museum, those responsible for the preservation of these objects across time, responded to these changes in practice. Bill replied that they have come around over time. The approach taken is then a pragmatic one acknowledging that the museum is split between two not altogether unreconcilable positions; first, that of a publicly and government funded institution with a role of displaying these objects so that people can learn more about them and the cultures that made them. Secondly; museums also have the role of being the guardians of these objects for the communities that have made them and opening the doors of the museum so that these cultures can tell their stories too.

As we have seen, some Nations such as the Haida and the Nisga’a already have their own museum or heritage centre, whilst others do not have the facility or prefer to house their artefacts in museums and make use of them when needed. The Anthropology Museum also has a number of outreach and participatory projects with First Nations communities such as community arts projects or housing visiting artists who make their art in the museum. Bill told us how sometimes carvers would carve a pole or sculpture in the main hall for the public to see them at work and people describe this as their most memorable experience of the museum.

Museums have come to play an important role in our ‘enlivened learning’ journey, providing us with a multi-sensory learning environment through which we have walked and traced our own paths of discovery. The stories woven together in these places have been significant additions to the other places of learning we have written about such as historical or sacred sites or landscapes. Museums have also provided a historical grounding or context to the various conversations we had and stories we heard across Canada. Adding to the written sources we have consulted, and our own experiences across places, museums have provided further threads through which the mesh of our learning has taken place.

From Head-Smashed-In Buffalo Jump, to Writing-on-Stone, from the Nisga’a museum to the Blackfoot exhibition at the Glenbow museum, these are all examples of museums and displays designed, curated and run by First Nations peoples to tell their stories to their own communities and to others. We learnt much from these exhibitions, from the objects displayed, to the labels and narratives surrounding them, to the total experience they were trying to create. We have over our blog postings used a number of photos from these exhibits to try to convey a sense of the stories and histories being told.

In our travels we also went to several national museums, the Royal Alberta Museum in Edmonton, the Glenbow Museum in Calgary, the Royal Museum of British Columbia in Victoria, the Northern British Columbia Museum in Prince Rupert and the Fort Museum in Fort MacLoud. In many of these cases we also saw how national museums are trying to deal with and navigate the turbulent history of colonialism in Canada and the complex relationship between settler society and First Nations groups. Here we could see an attempt to represent the dark past of Canadian history, the oppressive Indian Laws, the broken and unjust treaties, the missionary conversions, the spread of disease, residential schools, the destruction of cultures and ways of life. We also saw attempts in these museums to show the cultural resurgence occurring since the 1960s, the contemporary artistic, educational, political and spiritual life of these communities. Many of these exhibitions were also curated in partnership with First Nations peoples.

Museums are an important source of authoritative knowledge in our society and increasingly for First Nations too. They are spaces of learning where this occurs in a multi-sensory way, not only through text, but also through objects, and increasingly through audio-visual and various digital media (see for instance my most recent film for the Pitt Rivers museum, Artisans of Memory). Museums are spaces where stories can be brought alive, that is why they are so popular especially with schools and parents. Behind these multi-sensory environments there are multiple designs, narratives and stories of how the world makes sense as well as through sets of implicit values.

Taking a slight detour and speaking about the use of museum in another context. We had wanted to go up to the Tar Sands region in northern Alberta to see for ourselves this place that is often talked about by First Nations peoples with much concern for the destruction it is causing to the water systems (not only immediately within this region but to much wider areas to connected watersheds across Canada and beyond) and the adverse health effects on neighbouring communities. We wanted to see this region as its development is proving to be the engine of the growth of Canadian economy and also because of its role as an increasingly important source of oil for the US and China. The region is then highly strategic for the oil economy but also of insurmountable significance in the costs to the environment and the process of climate change. I bring this up here because the corporations developing the Tar Sands also have their own museum in Fort McMurray designed to show the public their activities funded by private companies and the Alberta government. We wanted to see what this museum, the Oil Sands Information Center looked like and to experience its narratives and sets of values, but the journey north proved too far for our limited time.

Museums are then important sites of storytelling and conveying certain views of the world. They are also powerful institutions, closely tied with the world of academia and the sciences, which have come to have an authoritative aura for providing a legitimate description of the world. It is heartening to see that some of these institutions are now working much more closely with First Nations to not only include but voice their own view of the world, narratives of their histories, their ways of living, their spirituality and values. It is also significant how First Nations are appropriating and engaging with the institution of the museum, just as they are also doing with the institution of the university, as sites for the communication of their worlds and values, both for themselves and for others.

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